sábado, 20 de julio de 2013

Columna X: El iletrado y la italiana

Por: Anónimo

El iletrado no era iletrado. Es un estudiante de Derecho de la Católica que a pesar de ser muy soberbio y seguro de sí mismo, no es exitoso con las mujeres porque no se lo propone. Cuando se lo propuso se dio cuenta que tenía todo en contra. Es chato, a las mujeres les gustan los altos; es gordo, a las mujeres les gustan los flacos musculosos; tiene poca ceja y poco cabello, las chicas tienden a fijarse en chicos cejones y con cabello ondeado.

El iletrado es una persona inteligente, tiene una gran pasión por la lectura, recitar poemas y escribir libros, pero cuando ve a la italiana pierde los dones lingüísticos y narrativos. El  muchacho de verbo nutrido, fanático de Jaime Bayly y Alonso Cueto, cuando está cerca de ella se convierte en un tonto con las letras, en un simple iletrado. Aquel soy yo, Gustavo Reyes.

La italiana no era italiana. No se apellidaba Lombardi, Rossi, Bernardi ni Bianchi, se apellidaba Gonzáles. Es peruana, una limeña simpática de clase media que se fue dos años a Italia con su familia en busca de un futuro mejor. Ella volvió a Lima de vacaciones por medio año y regresó con el dejo de una verdadera italiana. Aquella fémina que me robó el corazón en algunas ocasiones es Rossana. Rossana Gonzáles.

Rossana y yo habíamos sido muy buenos amigos en la secundaria y en tercero le dije que sería mi pareja de promoción. Pero, eso estaba en duda porque Mono Negrete, un colombiano moreno de alta estatura y fumón también la pidió como su pareja. Mono era conocido por ser un pendejo y pasar tiempo con las mujeres por diversión. Felizmente ella no le hizo caso.

Mi amistad con la italiana Rossana fue muy sincera, en alguna oportunidad fuimos a Larcomar a tomar unos helados, caminamos por el malecón y disfrutamos de una aventura –prohibida en ese entonces- en la otora discoteca juvenil Cameo ubicada en la Calle de las Pizzas. En aquella discoteca intenté besarla, pero me dijo que no estaba preparada aún, me sentí confundido, pensé que no le gustaba. Sin embargo, en el salón de clase éramos cómplices de las bromas y había chispazos de afecto. En un afán de probar mi capacidad de trovador recité un poema a la italiana en plena clase de Comunicación. Me arrodillé ante ella y con la venia del profesor Hermeregildo Muña confesé mi amor en público entre mitad serio y mitad broma. Creo que el poema no salió bien, ahí me di cuenta que cuando estaba frente a ella era un simple iletrado. Por supuesto, Mono Negrete aprovechó para burlarse de mí en público, dejándome en ridículo.

A pesar de todos los momentos bonitos, los dos fuimos creciendo y tomamos diferentes rumbos. Yo me quedé en el mismo colegio de Lima y ella emigró a Europa a continuar sus estudios. La italiana sabía que yo la quería como más que a una amiga y yo no estaba tan seguro si ella sentía lo mismo por mí, aunque tenía una ligera sospecha que me aceleraba la palpitación del corazón.

Pasaron dos años y por supuesto no fue mi pareja de promoción. Rossana Gonzáles y yo manteníamos ocasionales conversaciones por Facebook. Ella acababa de terminar su relación con un tipo de su instituto en Italia y decidió volver a Lima para pasar las vacaciones de verano. La italiana no me dijo que vendría, pero en el cumpleaños de Yesi, una amiga nuestra, se apareció y nos reencontramos después de dos años.

Hablé con ella toda la noche, nos tomamos fotos y recordamos nuestras aventuras de secundaria. Como siempre pasa con ella fui muy torpe hablando. Como Rossana estaba en Italia le pregunté si comía Mondonguito a la italiana todos los días o si siempre cenaban pizza. Quedé como un inculto. La italiana me pidió que le invitara cerveza Birra Moretti, pero le expliqué que estábamos en Lima y sólo había Pilsen Callao verde. A medida que pasaba la conversación y las chelas, Rossana se ponía más linda y divertida. Era el momento ideal para decirle explícitamente cuanto la quería. Ella estaba feliz de verme y le propuse ir a un lugar más privado: la terraza de Yesi.

En la terraza se acabaron las cervezas. Pero para nuestra buena suerte encontramos una jarra de ron con Coca Cola que escondimos para tomarla sólo nosotros. Rossana insistió en hacer secos de ron para ´´acelerar los trámites´´. Eso me puso contento. No sabía qué hacer para besarla, me puse nervioso, así que decidí recitarle un fragmento de un poema del italiano Dante Alighieri. La italiana, me cortó la declamación y me dijo: ‘Gustavo tú serás muy lindo, pero es aburrido escucharte recitar poemas. Pareces un viejo, sé un joven de tu edad, sé más fresh’’. Yo le dije que no sabía cómo decirle que la amaba. La italiana me dijo: ´´no uses las palabras que no te salen, solo actúa´´.

En ese instante pasaron muchos sucesos de mi vida por mi cabeza. Ya estábamos algo ebrios y nos miramos fijamente. Nos tomamos de las manos, cerramos los ojos y cada uno inclinó su cabeza ligeramente al lado contrario, nos acercamos y una mano negra y con olor a marihuana separó nuestros rostros. Era el colombiano, Mono Negrete, quien no soportó que un huevón como yo esté a punto de agarrarme a una de sus ex pretendientes.

El marihuanero colombiano le dijo a mi italiana Rossana: ´´Gustavo ha cambiado bastante, es un mal tipo. Abre los ojos, mira cómo estás, te ha emborrachado para hacerte daño, para aprovecharse de ti’’ y con estos engaños, el maldito fumón se la llevó a la cocina de la casa de Yesi donde le dio agua para hacerse el buenito.

Como todo patrón del mal, Mono Negrete tenía su compinche,  Oswaldo Cojones quien se paró en la puerta de la cocina y no me dejó entrar aduciendo que estaba en estado de ebriedad. Mono se acercó para exigirme que me retire de la fiesta y yo intenté agredirlo. Mis amigos Carlitos Altura y Alecsis Cervantes-Saavedra (un amigo que sí era iletrado de verdad) consientes que una pelea física entre el Mono y yo sería peligroso para mí porque estaba en desventaja (él me podía sacar la mierda tranquilamente, más aún si estaba lanzado) decidieron separarme y llevarme a la sala de la casa de Yesi.

Mono Negrete y su marihuana habían ganado. Se quedó con ella en la cocina advirtiéndole de los supuestos peligros que ella corría con mi presencia. Seguía repitiendo que yo la estaba emborrachando para hacer con ella cosas obscenas. Yo entré corriendo a la cocina y le dije a Rossana ´´Mono Negrete es un marihuanero que me quiere desprestigiar no le hagas caso’’ ella me miró y se quedó dormida en la mesa.

Ante esta situación me ofrecí a llevarla a tomar el taxi. Pero el maldito de Mono Negrete quería aprovecharse de su estado y la sacó de la fiesta cargada para llevarla en un taxi sabe Dios a donde. Yo quise salir como sea, pero por mi estado de ebriedad más el impedimento que me hacía Oswaldo Cojones (el chupamedias de Mono) tuve que resignarme a ver por la ventana mi derrota. Mono hizo creer a todos que yo había emborrachado a la italiana, a mi italiana para besármela y encamarme con ella. Nada más falso. Yo la quería de verdad y no pude darle el beso que me debe desde aquella tarde de 2010 en Cameo. Me sentí un perdedor. Un perro fracasado.

Pero la luz brilló en las tinieblas. Mi fiel amigo, Alecsis Cervantes-Saavedra (iletrado de verdad) había llamado a la casa de Rossana. Habló con el tío de la italiana por teléfono y le dijo: ´´Señor, vuenos dias, dizculpe que lo interrumpa, save, Rossana está en la fiesta de Yesi y está borrasha. Por fabor, recógala en este momento. Está en mal estado’’ (sic) y le dio la dirección.

Es por eso que justo cuando Mono Negrete estaba a punto de parar un taxi que llevaría a la italiana al sótano de mi desolación, su tío se apareció en su carro justo a tiempo para recoger a su sobrina y despojarla de las sucias garras del marihuanero colombiano. Lo vi por la ventana.

Al día siguiente, se consumó mi felicidad. Llamé a la italiana Rossana para preguntarle cómo estaba. Ella me confesó lo feo que olía Mono y que felizmente llegó su tío. Yo me tomé la licencia de decir que fui yo quien lo llamé para quedar como héroe. (lo siento Alecsis por robarte el crédito) Ella me dio esperanzas. Me dijo que me debe mi recompensa y será en la Calle de las Pizzas, en una discoteca cerca de Cameo para recuperar el tiempo perdido, recordar viejos tiempos y darme el beso que debe. Besarnos. Besarnos intensamente. Besarnos intensamente hasta su regreso a Italia. Estoy seguro que extrañará mucho el Perú. Aunque no sea italiana yo la quiero y aunque yo no sea iletrado, y sea culto de verdad pero no parezca, ella me quiere así porque con ella no soy el pavo de siempre, soy un chico fresh.

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