viernes, 23 de mayo de 2014

Recuerdos de tribuna blanquiazul

Homenaje a los aliancistas que nunca abandonan

I. Hincha desde niño

Soy hincha de Alianza Lima, el club de fútbol con más fanáticos en el país. el más antiguo del Perú en primera división y el segundo en títulos nacionales. Aunque es subjetivo definir si es el mejor equipo, es el que yo sigo, amo y me apasiona verlo jugar. Me hice hincha del fútbol cuando allá por el 2001, con 5 años de edad, conversé con el periodista deportivo –hoy congresista–  Alberto Beingolea y me presentó el fantástico mundo de la pelotita. Recuerdo que, aquella noche en el Teatro La Mueca, el parlamentario me preguntó de qué equipo era hincha y yo no supe qué contestarle. Aquella pregunta me dejó pensando toda la semana. En esa época mis tíos intentaron sobornarme para ser hincha de Alianza, de la U o de Cristal. En el 2002 ya había tomado interés por el fútbol y viendo por televisión a Alianza Lima me enamoré de su juego, de su identidad y sus colores. Habrían influido también dos factores en mi decisión: mi padre que es fanático blanquiazul y el distrito donde vivo y en el que está ubicado el club aliancista: La Victoria. Desde ese momento el fútbol pícaro, de pases cortos y jugadas para el aplauso que caracteriza (o caracterizaba porque ya no lo practica mucho con Sanguinetti) a Alianza me cautivó y me convocó a contemplarlo hasta el último día de mi vida.

Como los católicos van al Templo y los cinéfilos van al cine, todos los aliancistas tenemos la obligación moral de ir a la Caldera de Matute para darle fuerzas a los jugadores que visten la blanquiazul. No seré de los más acérrimos fanáticos que acuden a todos los partidos, viajan con el equipo y se bronquean a fuera del coloso porque creen que ser hincha es ser fundamentalista, pero cuando tengo las ganas de darle una mano a mi equipo lo hago con alegría, ‘huevos’ y convicción. Sin importar el resultado. A lo largo de mi vida recuerdo haber celebrado los títulos del 2003, 2004 y 2006, recuerdo haber sufrido cuando casi nos vamos a la segunda y llorado cuando el pésimo árbitro ecuatoriano, Carlos Vera, nos robó el partido contra la Universidad de Chile. Pero hay otros compromisos que a pesar que no tuvieron la relevancia como los mencionados dejaron marcados en mí una relación más allá de equipo-hincha con la institución de La Victoria. Esas experiencias las contaré a continuación.

II. La primera vez

Un verdadero amante del balompié nunca olvida la primera vez que fue a un estadio. Ver por primera vez el gramado es sorprendente. Era verano del 2004, tenía 7 años y en mi último cumpleaños mi papá me regaló una camiseta de Alianza Lima, la misma que me acompañó al Estadio Nacional junto con mi bolsita que guardaba mi pan con hotdog.  Aquella noche del 11 de febrero del 2004 quedará siempre en mi memoria. Mi papá tomó un taxi rumbo al viejo coloso de José Díaz antes que perdiera su encanto, antes que un imbécil mandara a colocarle césped artificial. Llegué al estadio y subí las gradas rumbo a las butacas preferenciales de occidente. El olor a pólvora, el ambiente de pasión y miles de personas cantando a mi Alianza me dibujaron una sonrisa eterna en el rostro. Se jugó un match contra Sao Paulo por la Copa Libertadores. Ese partido lo perdimos por 1-2, pero grité a más no poder el cabezazo de Walter Vílchez que hundió el arco de Rogerio Ceni, quien, vale decir, anotó previamente un soberbio tanto de tiro libre al golero Leao Butrón.

Ese año la blanquiazul salió campeón de la mano del argentino Gustavo Costas con un equipo 100% peruano. En el 2004 tuve la oportunidad de seguir en la cancha varios partidos de Alianza. El primer partido que fui de día al estadio fue el recordado clásico contra Sporting Cristal. El domingo 26 de setiembre de 2004 a las 3:30pm en el Estadio Nacional. Las butacas de occidente me recibirían otra vez. Compré mi primera gelatina y la primera canchita en el recinto deportivo. Ir de día era otra cosa, los colores de la camiseta, los papelitos cortados a la hora del ingreso de los jugadores, reconocer rostro a rostro a los guerreros íntimos generan un sentimiento indescriptible. Alianza Lima iba ganando el compromiso por 3-1 y los hinchas de La Victoria pedían a gritos el ingreso del goleador histórico Waldir Sáenz. Curiosamente desde el momento en que Costas hizo ingresar a Waldir para complacer a la concurrencia, el rendimiento del equipo bajó notablemente y Sporting Cristal logró remontar un partido que parecía terminado. A los 38 minutos del complemento se pita un penal para Cristal y un viejo que estaba sentado a mi costado me dijo ´´Ahorita le volteamos el partido a los cagones’’ yo, con 7 años, no me atreví a mandarlo a la mierda, pero mi mayor satisfacción fue que ese viejo miserable tuvo que tragarse la derrota en la final ante el equipo del pueblo. Ese partido me fui triste del estadio. No podía creer que Cristal metió 3 goles en 9 minutos y perdimos el partido. Lo peor fue que el viejo me miró y dijo ´´Te dije chibolo, te dije. Les ganamos. No sabes nada de fútbol aún’’, ante la gruesa mirada de su esposa (una voluptuosa señora) que le pedía que me deje en paz.

III. El día en que nos salvamos del descenso

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La campaña 2008 de Alianza pudo tener un resultado fatal. Su compadre Universitario definiría el título nacional y los grones, la otra cara de la moneda, luchaban para no descender a la segunda división. Al final 3 puntos salvaron a los íntimos de una segunda caída a ‘la baja’ y por suerte, ‘las gallinas’ no se coronaron campeones del torneo. Un partido clave para no perder la categoría fue el disputado contra José Gálvez, casi al final del Descentralizado. Solo un triunfo era necesario para quedarse en primera. Sentí que el equipo me necesitaba en la tribuna. Oriente me acogió con un par de amigos: Renzo y André. En la cola de entrada un muchacho nos pidió un sol para su entrada. La verdad es que en situaciones como esta, una garganta más vale oro. Domingo 16 de noviembre de 2008, luego de una procesión del Señor de los Milagros, patrono de Alianza Lima, mis compañeros monaguillos y yo salimos rumbo a Matute, el día en que las entradas fueron casi gratis, el día en que el Alejandro Villanueva tuvo un lleno total. 3:30pm. pitazo del árbitro y el nerviosismo ingresa a todos los espectadores. Por suerte a los 7 minutos ‘Zlatan’ Fernández anota el primer gol para que festeje toda la barra. Aguirre en el segundo tiempo pondría el 2-0 y, paradójicamente, el descuento lo marcó Claudio Velásquez quien sería nuestro refuerzo en la temporada siguiente. Ese día nos regresamos caminando. Salvamos la categoría y descubrí que el fútbol es sonrisa y lágrimas.

IV. La noche mágica y un ‘rasho’

Hay un día en la mente de los hinchas del ‘rodillo negro’ que nunca olvidaremos. Un día en el que la magia y ‘rasho’ iluminado por las fuerzas del más allá regalaron a la hinchada un partido de lujo, de antología, de otro planeta. Un día en que el Estadio Alejandro Villanueva se convirtió en ‘La Caldera’, un día en el que los antipáticos comentaristas de Fox Sports (Sí, Fernando Niembro y Mariano Closs) se rindieron a los pies del ‘rasho’ y ‘monstruo’ Wilmer Aguirre. Ese día fue el 18 de febrero de 2010. El equipo del pueblo recibía en Matute al flamante campeón de la Copa Libertadores, Estudiantes de la Plata, para un cotejo válido por el mencionado certamen. El equipo argentino abrió la cuenta en los primeros segundos del partido y todo parecía indicar que viviríamos una noche negra; sin embargo, la luz estalló en las tinieblas y apareció la dupla Aguirre-Fernández para jugar, quizá, el mejor partido de Alianza en la Libertadores. Alianza Lima de La Victoria humilló al campeón Estudiantes por 4-1 ante la sorpresa de todo el continente.

Era 18 de febrero a las 9am y tenía la entrada en mis manos. Había quedado con mis primos para ir a ver ese partido. El ticket decía con letras mayúsculas ‘’PARTIDO HISTÓRICO’’ y no se equivocaron en digitar tal rótulo. A las 11 de la mañana una llamada cambiaría todos mis planes. Un tío muy querido falleció esa mañana y toda la familia debía reunirse para el velorio. Todos los primos teníamos que guardar el luto correspondiente a tal irreparable pérdida y por obvias razones no sería factible ir al estadio. Pero como todo buen hincha, no podía perderme el partido. Saqué mi celular y encendí el radio. Me paré en la puerta del salón de velatorio a escuchar solapadamente el relato de Radio Ovación del partido. Cuando Aguirre marca el tercer gol y sentencia el baile grité ‘GOOOOL’ a todo pulmón ante la mirada atónita de mis familiares quienes lloraban al fallecido y yo sin piedad celebraba un tanto de mi equipo. Los rostros estupefactos lo decían todo. No quise faltar el respeto al momento de dolor, yo también sentía pena, pero los colores de mi equipo enjugaron mis lágrimas de desconsuelo para convertirlas en felicidad.

V. Enfermo te alenté en Sur

3 de junio de 2013. Alianza Lima venía haciendo una campaña aceptable de la mano de Wilmar Valencia. Se necesitaban tres puntos para acercarnos al primer lugar de la tabla. Era lunes. No fui a clases en la universidad porque estaba agripado con un poco de fiebre. Ese día la blanquiazul se medía contra Melgar en Matute. Mi amigo Valerio me escribe por el celular para ir juntos al Estadio. Me puse dos polos, una chompa y una casaca y nos encontramos en Canadá con Palermo para ir rumbo a la Caldera. Tomamos la 23 B y llegamos a la puerta del estadio. Fumamos unos puchos y esperamos a que lleguen sus amigos de los Bárbaros. La tribuna sur estaba llena. Los VIP de color amarillo estaban tratando de calmar a la gente. Valerio se compró un pan con chorizo color fucsia de 2 soles y propuso ir al medio del Comando. Por momentos me sentí horneado por tantos hinchas que se metían su grifa, pero esa sensación ni mi gripe impidieron que esté saltando y cantando en la popular. Hasta enfermo te alenté en sur.

Hoy Alianza Lima es campeón del Torneo del Inca y ganar un título luego de 8 años reivindica el compromiso de los hinchas con el equipo para que se sigan escribiendo más historias como estas. Historias de un amor puro y sincero. Historias de un corazón inmenso como el de Alianza Lima. ¡Salud campeón!

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