domingo, 14 de septiembre de 2014

Columna X: Diálogos con un sicario

Escribe: Ángel Reyes

Ya pasaron dos horas desde que estoy aquí y mis ansias de que este martirio acabe de una vez crecen a medida que los segundos pasan. Mi sueño de recibir el nuevo milenio en casa con Jimena se ve lejano. Por el contrario, parece que esta fuese una pesadilla, pero no lo es. Ya me he pellizcado varias veces y esas rejas negras siguen ahí. Mis ojos siguen percibiendo ese catre viejo y destartalado, además me parece de mal gusto el aspecto de la colcha. ¿Me parece o se están burlando de mi desgracia con esas calcomanías de patitos? Tampoco desaparece ese prehistórico televisor; no obstante, no puedo menospreciar la astucia de los técnicos de aquí. Digo esto porque han bloqueado hasta los canales de señal abierta. Pero, curiosamente, sí está a mi disposición el canal Animal Planet; y cada vez que tienen en el aire algún documental sobre roedores, suben el volumen. ¿Qué están insinuando que soy, muchachos?

-Gabriel, cada minuto enloqueces más, sobrino –le dijo Camilo, que se encontraba encerrado junto a él-. Deja de decir tantas cursilerías solo, tú sabes muy bien lo que hiciste y mereces estar aquí.

-No es verdad, yo no estaba cuerdo en esos días. A mi parecer, debieron resolver que necesitaba tratamiento psicológico para acelerar el resto del proceso bajo la mesa –le respondió de manera convincente-. Además, tú no entiendes todo lo que yo he pasado.

-¿Tan yuca es tu vida de miraflorino? –le preguntó con sarcasmo y se echó a tratar de dormir.

-Espera, no opines sin saber –le dijo sobresaltado-. Además, un asesino como tú no me puede dar lecciones de moral. No sabes cuánto te odio en este momento, pero necesito desahogarme con alguien.

-Dale –finalizó Camilo.

-Quiero aclarar, antes de empezar, que no vivo en Miraflores, sino en San Isidro –agregó Gabriel.

Todo empezó cuando me separé a finales del mes último de María Pía, mi mujer. Aún persistía esa debilidad que me condujo a proponerle matrimonio por su rostro angelical y aún sin arrugas. Mi problema era que ya no podía soportar que me llamase a cada hora y que al llegar a la casa por las noches me pregunte por qué mis cachetes olían a lápiz labial. No podía estresarme más, pues ya era suficiente con estar a la cabeza de un extenso equipo de abogados y abogadas. Por otro lado, estaban mis dos hijas, que sabía que no me iban a perdonar que me fuera de la casa sin una razón válida. Y así fue, mis hijas se enfurecieron cuando anuncié que me marcharía de la casa. Para aliviarlas un poco, les prometí que les pasaría una atractiva pensión, suficiente para que puedan pagar sus estudios y también algunos caprichos como comprar un par de zapatos cada semana. Fue así como me alejé de mi familia y me empecé a dedicar íntegramente a mi trabajo.

-Hermano, comprendo que ser un magnate no es fácil y que tus hijas son unas rameras –interrumpió Camilo-. Pero no entiendo qué tiene que ver esto con el crimen que cometiste la semana pasada.

-Ya te vas a dar cuenta de que si hubo relación, pero quería aclarar que fue mi primera gran catástrofe–respondió Gabriel.

-Puedes seguir desquitándote –dijo Camilo.

Estaba en mi oficina pensando que ya llevaba dos meses viviendo solo, cuando entró la contadora para informarme que habíamos obtenido el doble de ganancias en el último mes. La situación me alegró tanto que decidí invitar a mis mejores amigos del estudio a una celebración en mi nueva casa. Ahora ya no tenía a una mujer pisándome los talones ni a dos hijas que solo querían mi dinero para divertirse con unos apuestos malandrines que se veían más fuertes que yo. Eso había quedado en el pasado, ahora podía utilizar mi casa para divertirme con mis colegas. Tengo un recuerdo borroso de nosotros bailando y chupando por varias horas, hasta las tres de la mañana. Los quince asistentes salieron agrupados en tres carros, manejando los sobrios. Solo Jimena, una de las abogadas, se quedó a dormir a mi casa, como se empezaba a hacer costumbre. El resto se marchó, tomando la ruta de la Costa Verde, ya que mi casa se encontraba cerca al mar.

-Eres un aprovechador, así que para eso dejaste tu casa –le regañó Camilo.

-Amigo, no recuerdo bien lo que hicimos –respondió Gabriel-. Al amanecer, recibimos la peor noticia de nuestras vidas y olvidamos todo.

-No me digas que alguno se accidentó –trató de adivinar Camilo-. Tal vez te engañaron, tal vez uno de los conductores estaba ebrio.

-Le estás quitando emoción a la historia, pero estás cerca –dijo Gabriel.

Los tres carros iniciaron el tránsito por la Costa Verde, uno detrás de otro. Algunos estaban durmiendo, pero se despertaron todos para bajar un rato a la playa y tomarse una foto. Estaban ubicándose para estacionar los carros, hasta que un terremoto remeció la ciudad. El mar se salió violentamente y todos mis amigos salieron disparados. Solo dos pudieron salvarse; y el resto, que representaba a la mitad del total de abogados, no sobrevivió. Me tomó varios días asimilarlo. Llegaba cabizbajo a mi oficina, pues sabía que indirectamente había sido mi culpa que mis colegas hayan fallecido. En uno de esos días de lamentos, entró la contadora a la oficina para informarme que en el último mes habíamos tenido pérdidas. Antes de irse, me aviso que a los abogados restantes ya no les convenía seguir y presentaron sus cartas de renuncia. Estaba destruido, pues me había quedado sin familia, sin amigos y sin trabajo.

 

 

Creo que fue suficiente explicación. Gabriel sí tenía motivos para estar loco. Creo que fui muy cruel con él. Tal vez su vida no sea tan intensa como la de mis hermanos sicarios de La Perla, pero ser un abogado millonario sanisidrino no implicaba que su vida fuese fácil. Dejé mi instinto criminal y abracé a Gabriel como si fuese uno de los míos, pues parecía ser vibras –aunque un poco sano para mi gusto-. Después, llegó un oficial para que se dirija a hablar con su abogado. En los próximos días dejaría esta carceleta para que empiece su condena en San Jorge. Lo que no entiendo es qué tenía en la cabeza para secuestrar a sus hijas. Primero las abandona –no es que ellas necesitaran del cariño de su padre-, luego se queda sin dinero para asumir sus gastos y después las secuestra. No entiendo cómo pretendía beneficiarse. Según vi en televisión, sus hijas tenían ajustado el pantalón por detrás, no por los costados.

Me puse un poco feeling y seguía sin poder entender el sentido del crimen de Gabriel. Unos minutos después de que lo sacaran, un oficial vino a pedirme que lo acompañara. Recuerdo que mi último robo fue hace unos días, por San Isidro, cerca a la Costa Verde, a una flaquita con pinta de intelectual que se veía desganada. Junto a mi batería, le apuntamos en la sien para que nos diera su cartera. La mujer perdió el conocimiento y empezó a botar sangre por la boca. Justo en ese momento aparecieron unos tombos. Mis compañeros robaron un carro y huyeron con la cartera. Yo tropecé y fui el único capturado. En realidad, yo solo fui testigo del robo esa vez; pero mi nombre ya había aparecido varias veces en las páginas policiales de muchos diarios. Esa fue la razón por la que terminé legalmente atrapado con Gabriel. Tenía que traicionar a mi grupo y confesar, si quería reducir mi condena. Suponía que para eso me estaban llamando.

Un policía me trasladó a un cuarto oscuro de paredes blancas y que tenía una imagen de Jesucristo encima de la puerta. Allí se encontraba Gabriel, apenas iniciando la historia que me había contado a mí, pero con su abogado. No ´sé cómo logró que me trajeran, pero me dijo que quería que yo también escuche la historia hasta el final. Volví a escuchar, desde el momento en que dejó su casa hasta cuando la contadora le dijo que el estudio estaba aguja. A su abogado no parecía estarle importando mucho la historia. Cada cinco minutos miraba su reloj. Yo, en cambio, me interesé mucho más, a pesar de que ya había escuchado la primera parte. Me guiñó el ojo y empezó a contarnos el delito que tuvo en mente para recuperarse económicamente. Dijo que no fue fácil empezar de nuevo y que trató de ir varias veces a su antigua casa para arreglar las cosas, pero solo salía la empleada para explicarle que su mujer y sus hijas no deseaban verlo.

Después de tanta insistencia, decidí olvidarme de mi familia para siempre. Estaba resentido, pero lamentablemente tenían razón. Fui un egoísta con mi mujer y no valoré que en realidad me llamaba a cada rato al trabajo porque me quería mucho. Entonces, tenía que emprender un nuevo comienzo. Aún seguía muy confundido, así que llegué a mi casa y puse las noticias para relajarme. Estaba viendo la misma basura de siempre, hasta que en América Televisión, por unos segundos, se filtró un vídeo de mis ex aliados –Fujitivo y el Doc- contando algunos dólares y tomándose un vinito. Luego, puse un vídeo para recordar que yo aporté dos palos para la campaña de esos roedores y se olvidaron de mí cuando ganaron. Lo pasé por alto porque era demasiado exitoso, pero las cosas habían cambiado y me pareció propicio planear una venganza. Pensé en secuestrar a alguien y hacer un llamado a los medios de comunicación para que esos mafiosos paguen el rescate.

Faltaban cinco días para Navidad. Para cualquiera sería doloroso que un ser querido fuese secuestrado en una fecha tan conmovedora. La presión para las ratas con saco y corbata sería mayor, pues su popularidad no llegaba a las dos cifras. Contraté a un grupo de sicarios, que eran de La Perla, Callao, según me dijeron; pero no se llegó a un acuerdo aquel día. Yo aún no sabía a quién secuestrar y a ellos les faltaba uno de sus miembros. Les dije que no importaba que estuviesen incompletos y que vuelvan al día siguiente, ya que pensaría bien durante toda la noche a quién podríamos secuestrar. Tenía ganas de secuestrar a María Pía, pero inmediatamente sería yo el primer sospechoso y no estaba en mis planes ir a la cárcel. Estaba con la idea de que tenía que ser alguien que venda. Mi cabeza daba vueltas barajando muchos nombres. Estaba tan confundido que hasta pensé en auto secuestrarme y luego me quedé dormido.

Ya había amanecido y yo seguía sin ideas. Quedé en reunirme con los sicarios en el cruce de las avenidas Arequipa y Angamos. No me quedó otra opción que ir, pues no tenía mucho tiempo para pensar detenidamente en una persona y luego contratar a otra banda. Allí estaban ellos, me metieron a su auto y se estacionaron. Me preguntaron que les diga rápido a quién iban a secuestrar. Me sentía confundido y presionado, pues seguía sin ideas. En eso, veo a mis hijas esperando carro en la otra esquina con sus dos despreciables amigos. No lo pensé dos veces y les dije a los sicarios que les ofrezcan taxi a los cuatro y después yo les diría lo que harían después. Me obedecieron, le pegaron un letrero de taxi al auto y luego les preguntaron a dónde querían ir. Mis hijas respondieron que se dirigían hacia la PUCP y el sicario les cobró seis soles para que acepten. Solo uno de sus acompañantes entró al taxi, el restante se subió a una combi.

Cuando el taxi ya se encontraba en rumbo, llamé al sicario que estaba manejando para indicarle lo que seguía en el plan. Le dije que para cuando ya estén cerca de la PUCP, les advierta que ese era un secuestro. En ese momento, trataron de escapar, pero el sicario llevaba oportunamente su revólver. Se dirigieron hacia el refugio de los sicarios en La Perla. Mis hijas y su amigo ya se encontraban secuestrados. Le pedí a uno de los sicarios que obligue al amigo de mis hijas a grabar un vídeo diciendo que él las había secuestrado y que si el gobierno no pagaba dos millones de dólares antes de Navidad, las mataba. Había llegado el momento de hablar con mi amigo Genaro Delgadillo para que haga en su canal una campaña mediática a favor de la liberación de mis hijas. Afortunadamente, me debía varios favores y no me cobró. El vídeo fue lanzado como primicia ese mismo día en Panorama y cuando finalizó, la policía inició las investigaciones.

No pude ver el noticiero porque me encontraba rumbo a Venezuela. Un amigo, que recién había ganado las elecciones presidenciales allá, comprendió mi caso y me ofreció asilo político. Si no funcionaba el plan del secuestro, me quedaría ahí hasta que se me acabe el dinero o hasta que muera, lo que ocurriera primero. Aún me sentía confundido, pero me aliviaba no tener riesgo de ser arrestado. Antes de dormir, me dirigí a una cabina para realizar una llamada internacional. Les advertí a los sicarios que seguramente la policía iba a identificar el rastro del auto para dar con su refugio. Quería que cuando lleguen se encuentren solo al amigo de mis hijas, pues tenía ganas de que ese patán se pudra en la cárcel. No podía soportar que mis hijas le pusiesen más atención a él que a mí. El plan había funcionado. Se lo llevaron a pesar de sus súplicas. Como buenos policías peruanos, no tuvieron intención de profundizar en la investigación.

Al día siguiente, anuncié que yo había sido el autor intelectual del secuestro y que me encontraba en Venezuela. Volví a pedir al presidente los dos millones de dólares. En la noche, estaba viendo Telesur y escuché una declaración del presidente peruano, en la que me suplicaba que regrese inmediatamente. Enfatizó que él priorizaba, antes que cualquier monto, el bienestar de esas dos hermosas ciudadanas peruanas. Por lo tanto, confirmó que ya tenía el dinero, pero que solo me lo entregaría en tierra peruana. Además, prometió que yo no iba a ser capturado. Dijo que temía que yo tomara represalias y que no quería arriesgarse a que mis dos hijas sufrieran daños físicos o psicológicos por parte de las personas que las tenían ocultas. Me pareció convincente lo que había dicho. Pensé que llegaría al Perú para cobrar el dinero y luego me regresaría. Una vez a salvo en Venezuela, ordenaría a los sicarios que liberen a mis hijas.

Llegué muy confiado del aeropuerto y me interceptaron dos policías. No entendía lo que ocurría y les dije que cómo podía ser posible que quieran detenerme. Les conté que el presidente me había propuesto que iba a cobrar el dinero y que, por el bienestar de mis hijas, no me iba a ser detenido. Ante eso, los policías trataron de aguantar la risa, pero no pudieron. Mientras me llevaban, pude ver de lejos que mis hijas estaban disfrutando la escena de mi derrota. Me sentí estafado por los sicarios. Seguramente los pillaron y tuvieron que negociar con los policías para liberar a mis hijas y, de esa manera, no ser capturados. Me sentí como un idiota y me puse a pensar que los policías peruanos pueden son flojos, pero son más efectivos que el FBI cuando reciben un incentivo. No podía creer que dejé mi privilegio de asilado para regresar solo por dinero y que ahora esté a punto de ingresar a una celda. Antes de entrar me dijeron: “Y él es tu compañero, Camilo”.

 

-Estás jodido –dijo el abogado de Gabriel.

-Solo no te despido porque no tengo dinero para un abogado más caro –respondió Gabriel y luego se dirigió a Camilo-. ¿Tú tienes algo que opinar?

-No estás tan mal, todavía puedes soltar el vídeo en el que negocias con los pendejos del gobierno –dijo Camilo-. Es más, debiste chantajearlos con eso antes de pensar en secuestrar a tus hijas. Serías millonario de nuevo y no estarías aquí.

-Soy un idiota –le dijo a Camilo-. Tú sí sabes de estas cosas, parece que hubieras pertenecido a un grupo de crimen organizado antes.

-Hay algo que no te he dicho –dijo avergonzado Camilo.

-Adivino, tú eras el que faltaba en el grupo de sicarios que contraté –dijo Gabriel.

-Sí, y nos bajamos a tu trampa mientras estabas en Venezuela –respondió Camilo.

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