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domingo, 20 de marzo de 2011

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Escribe: Rodolfo Rodas Oré

Mi sueño es convertirme en escritor, que este sea el primero de varios libros que tengo en el tintero

Lo que más deseo es que en abril de este año salga a la venta mi primer libro. No tiene título aún, los señores de la editorial Mesa Redonda están corrigiendo (o rehaciendo, lo que sería mejor) la novela que el año pasado les envié. Es mi primer libro y por lo tanto tengo miedo de que me marque de mala manera como escritor. Sé que no es una gran novela, está parchada y mal escrita, no tiene el nivel de una novela seria y culta, es mi primer intento fallido por convertirme en escritor.

Le puse varios títulos a la novela que posiblemente salga en abril, y digo posiblemente porque depende de mis finanzas o de las finanzas de mi padre quien es mi principal mecenas, mi auspiciador número uno. El primer título tentativo fue ‘El Llanto del Cocodrilo’, lo escogí porque sentía que era la manera correcta de describir una novela desgarrada, sin sentido, escrita por puro amor y sin medidas racionales. ‘El Llanto del Cocodrilo’ pasa por una falsedad absoluta, por una mentira y también por la cursilería de llorar por amor, por un amor que no tiene sentido, como todos los amores. Al editor no le gustó mucho, me dijo que era una frase muy trillada y me convenció de que debía pensar en otro. Me cuesta encontrar el título idóneo para esta novela mediocre, debo encontrar esa frase exacta que describa toda esa vorágine de sentimientos plasmados en ciento cincuenta y un hojas y ciento ochenta y dos mil ciento treinta y cuatro palabras escritas en times new Román tamaño diez a espacio y medio.

El personaje principal de la novela se llama Sofía, y creí conveniente que el libro se llamara ‘El Mundo de Sofía’, pero ese título ya me lo ganaron, el noruego Jostein Gaarder lo usó en 1991 para escribir un libro de introducción a la filosofía occidental. Yo para ese entonces tenía seis años y no soñaba con ser escritor, en realidad no soñaba con nada, solo vivía sin mayor expectativa mi día a día como si la niñez fuera eterna. El tercer título que pensé fue ‘El Oficio de Quererte’, así como la canción ‘De Profesión, tu Amante’, quería dar a entender que Sergio, el personaje principal de la novela, vivía y moría por Sofía, algo que puede ser verdad porque la novela trata del amor entre estos dos personajes, un amor juvenil que parte de la casualidad y termina siendo una gran telenovela mexicana. No me gusta del todo, así que seguiré pensando en una mejor propuesta durante este mes que me queda para terminar la corrección y hacer los pagos respectivos. image

Mi sueño es convertirme en escritor, que este sea el primero de varios libros que tengo en el tintero. El próximo año intentaré publicar el segundo, un tributo al amor adolescente, al amor platónico y a la vida colegial que tantas alegrías guarda en esas fotos digitales, escaneadas, donde los rostros cada vez son más irreconocibles. Luego trataré de no escribir del amor, buscaré contar otras historias como la de una institución policial donde todo es controlado por un mandamás, rígido y vulgar, capaz de someter a su entorno a sus intereses y planes de expansión, una historia capitalista que rescata el valor del ser humano en colectivo por encima de los intereses corruptos firmados entre las cuatro patas de una mesa. Mis dos primeros libros serán de amor y dedicados a mis padres y hermanas que son el gran amor, el amor eterno, ese que jamás acaba y que está por encima del bien y del mal, también irán dedicados a la mujer que he comenzado a amar de sobremanera, la mujer que ha tocado mi vida de una manera diferente y que me está enseñando a vivir en tolerancia y paz, dos palabras que estaban ausentes en mi vocabulario, hasta el día que la conocí.

Quiero ser escritor y sospecho que esta novela no será la mejor que escriba, posiblemente será la peor. Este libro malísimo solo se salva por ser auténtico y sincero, algo que no le falta en sus líneas, una absoluta lealtad con los sentimientos de un jovenzuelo y una visión cruda y espontanea del amor y sus demonios. Además, es una novela divertida, desgarrada, visceral y sin complejos, donde describo a mi manera la vida de un muchacho desorientado que solo busca el amor de una mujer como Sofía, su heroína y la causante de esa afiebrada forma de amar por encima de la lógica y las buenas costumbres. Creo que su sinceridad y su falta de pudor son mis mejores argumentos para sugerirles leer esta novela sin título que busca contar una historia que quizá alguno de sus futuros lectores ha vivido o deseará vivir. Parafraseando una novela de Alfredo Bryce diré, ‘Espérenme en abril’. ¡Ojalá!

RODOLFO RODAS ORE

Rodolfo Ulises Rodas Oré

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martes, 1 de febrero de 2011

Escribe: Rodolfo Rodas Oré

No tengo amigos, porque soy un forastero. A lo mucho hablo con la profesora, pero por correo electrónico. Tampoco hablo con los extranjeros porque no hablan español y yo no hablo inglés, aunque a veces los escucho hablar en su idioma natal

Cuando comencé el ciclo en la universidad pensé que sería más sencillo. Arriesgado, atrevido y con grandes dosis de insolencia osé meterme en un curso de literatura en la facultad de letras. A su vez, como incansable perseguidor del sueño ingenieril, me inscribí en un curso de mecánica, una materia básica de ingeniería industrial.

Mi semana comienza así: Los días lunes me despierto con el chip literario. Me dirijo a la facultad de letras de la católica. Me siento en la segunda carpeta al filo de la puerta. A mi lado están los chicos que estudian la carrera de literatura y unos extranjeros que por alguna extraña razón terminaron en el Perú, en mi universidad y llevando ese curso conmigo. No tengo amigos, porque soy un forastero. A lo mucho hablo con la profesora, pero por correo electrónico. Tampoco hablo con los extranjeros porque no hablan español y yo no hablo inglés, aunque a veces los escucho hablar en su idioma natal y trato de entenderlos, cosas básicas, sería imposible discutir algún texto con ellos, ni en ingles ni en español. Los martes me cambio el chip y me vuelvo un matemático. Voy a la facultad de ciencias de la Universidad Católica y cargo conmigo la calculadora científica de siempre y un juego de separatas llenas de figuras y enunciados que hablan de velocidades, aceleraciones, fuerzas axiales, sumatoria de fuerzas, leyes de Newton y el teorema de J. Steiner. Me gusta el curso de mecánica, aunque es complicado. Me esfuerzo resolviendo ejercicios y por momentos recuerdo que debo de leer a Borges para mi clase de literatura del día jueves. Cuando estoy leyendo a Gabo recuerdo que la fricción genera una fuerza no conservativa y que los movimientos relativos deben ser usados cuando los niveles de referencia son distintos. El teorema de Steiner invade mi mente cuando trato de entender La Continuidad de los Bosques de Cortázar y, Los Jardines de Senderos que se Bifurcan de Borges me asaltan cuando dibujo el diagrama de cuerpo libre de algún sólido.

Es difícil vivir entre estas dos disciplinas. Alguna vez Joaquín, un amigo de la escuela, me recordó que, salvando las distancias, Ernesto Sábato vivió lo mismo. Mientras en las mañanas se graduaba de doctor en física atómica, en las noches se reunía con la bohemia literaria bonaerense.

Zambullirme en la literatura latinoamericana me permitió entender mejor la historia de América y su actualidad política. Cuán importante es lo real maravilloso en las mentes de los jóvenes, y no hablo de sus enredadas posturas literarias, sino, de sus novelas, sus autores, lo que representa cada uno de ellos como entes de cambio, de lucidez, voces autorizadas para definir lo que somos como una sola nación.

Hablar de ciencias es hablar de Newton y sus leyes. Es hablar de Einstein y su ley de la relatividad. Es abrir tu mente a los juegos lógicos de lo natural, explicar lo que podemos tocar o percibir o sospechar con números y teoremas. Entender los avances de la ciencia es una manera de entender el mundo y la ambición del hombre. No dejaría de estudiar ingeniería, porque me permite conocer esa otra cara de la moneda. Los números tienen su encanto y entenderlos demanda horas de concentración, tantas, que al escapar de sus vericuetos y enredos te da un aliento de vida que solo puedes comparar con el éxtasis del final de una novela.

Todas las semanas me pierdo entre la cinética de un sólido rígido, lo fantástico en Borges, la cinemática de una partícula, Cortázar, armaduras y bielas, Cien años de Soledad, marcos y máquinas, Rulfo, sistemas de fuerzas, Casa Tomada, sumatorias de momentos, Poe, momentos de inercia, Los pasos Perdidos, dinámica, lo real maravilloso, fuerzas no conservativas, Arguedas, sólidos rígidos, El Aleph, estructuras, Carpentier, aceleraciones y masas, Gabo, velocidades angulares, Funerales de la mama grande, ingeniería y literatura, en fin.

RODOLFO RODAS ORE

Rodolfo Ulises Rodas Oré

viernes, 21 de enero de 2011

Escribe: Rodolfo Rodas Oré

‘…Pedimos un par de vinos. Faltaba poco para la media noche y la llegada del cumpleaños número veinte de Silvia. Nos alegramos un poco con el vino. Las risas eran más frecuentes y los temas más candentes…’’

Nota: La siguiente historia es de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Silvia era una chica linda que en sus horas libres trabajaba en una agencia de modelos. En sus horas de oficina trabajaba en el banco. En el banco la conocí y nos hicimos amigos. Cuando fuimos amigos llegamos a la conclusión de que nos gustábamos mutuamente y debíamos ir más allá. Cuando fuimos más allá, todo se jodió.

Silvia era una chica loca, divertida y relajada. Su faceta de modelo (aunque en un principio no le creí, hasta que la vi modelar en el Palacio Real Felipe del Callao) la hacía conocer el mundo de la noche con más alternativas que mis escasas ideas para pasar una desenfrenada jornada nocturna. Paseábamos por Miraflores, San Isidro, San Miguel y terminábamos en algún hotel de la Perla. Todos los fines de semana salíamos a discotecas, solos, pero el día de su cumpleaños decidimos invitar a dos amigos, una colombiana, Fiorella, que se estaba quedando en su casa desde que llegó al país en busca de un nuevo futuro, y, su amigo (aunque yo sospecho que era su ex novio, amante o agarre) Gustavo, un arquitecto potentado y millonario del norte de la ciudad. Mi situación económica era mala. Había invertido demasiado en mis salidas nocturnas y no tenía como responder al cariño de Silvia con algún regalo significativo. No le obsequié nada.

Gustavo sugirió ir a tomar unos tragos al Marriot de Miraflores y un punzante escalofrío recorrió mi cuerpo. Silvia me dijo al oído que no me preocupara, que su amigo pagaría. Odié escuchar eso, pero no tenía alternativa. Silvia dejó en claro a su amigo, ex novio o ex amante, que yo era su nuevo amigo, novio o amante. Así que el arquitecto se dedicó a enamorar a la joven colombiana que tenía unos ojos preciosos. Cuando llegamos al Marriot pedimos unas cervezas. Charlamos. Silvia y Gustavo, por el tiempo que se conocen, llevaban el ritmo de la conversación.

Hablábamos de las parejas, de los hombres, las mujeres, el amor y el sexo. Cuando terminamos las cervezas, decidimos ir a Pueblo Libre, al bar Queirolo a tomar unos tragos. Primero fui al baño del hotel y quedé deslumbrado con el lujo del lugar. Salimos y tomamos un taxi rumbo al bar. En el camino no hablamos mucho. Caminamos por esas calles históricas de Pueblo Libre, por un camino de faros y maseteros gigantes. Llegamos al bar Queirolo. No había nadie más que nosotros.

Pedimos un par de vinos. Faltaba poco para la media noche y la llegada del cumpleaños número veinte de Silvia. Nos alegramos un poco con el vino. Las risas eran más frecuentes y los temas más candentes. Gustavo dejó de esconder sus claras intenciones de acostarse con Fiorella, la chica colombiana, pero ésta sabía torear los embates de aquel hombre excitado y libidinoso. Silvia y yo nos repartíamos besos más cariñosos. Como siempre sucede, el alcohol te brinda una efímera felicidad, un éxtasis que no dura lo que dura el brebaje en nuestras venas, nos pusimos cariñosos, jugábamos con nuestras manos, nos decíamos cosas al oído, embriagados de felicidad ficticia, imaginando que estábamos en el paraíso del vino, libres, sin tapujos y temores.

Gustavo lanzaba sus mejores dardos contra la pobre Fiorella que era la más sana de los cuatro, asustada seguramente de haber conocido a tres peruanos locos por el sexo y el vino, haber dejado la familiaridad de su país, Colombia, donde vivían sus padres y el amor juvenil que dejó atrás por ir en busca de un futuro lejos del terrorismo y el desempleo. Gustavo, en sus divagaciones y balbuceos, decía cosas comprometedoras del pasado de Silvia, recuerdos íntimos que dejaba picando sobre la mesa. No hice caso, igual, no convenía pelearse con el que iba a pagar todo.

Me levanté para ir al baño. Caminé zigzagueante rumbo a los servicios higiénicos. No me percaté que alguien me seguía. Era Silvia. Me empujó contra la puerta del baño. Entramos juntos y comenzamos a besarnos. Los besos eran desaforados, rudos e intensos. Ella estaba tan ebria como yo. Solo nos manejábamos por el instinto del placer. No dejamos de agitarnos y confundirnos entre nosotros. Salimos del establecimiento. A tientas logramos tomar el taxi de regreso a casa. Llegamos a la Perla y dejamos a Silvia y a Fiorella. Cuando regresé al taxi, Gustavo se había ido. Me dejó botado.

Esa noche regresé caminando a casa. Pensando en la nueva vida díscola que había comenzado. Silvia había desatado la peor parte de mi, esa que apareció de pronto, haciéndome olvidar que soy un sedentario escritor y no un chico bohemio de la noche. A las semanas Silvia y yo, terminamos.

RODOLFO RODAS ORE

Rodolfo Ulises Rodas Oré

miércoles, 12 de enero de 2011

Escribe: Rodolfo Rodas Oré

Mientras la noche entra a las ocho, José miraba a través de la pantalla a su hermana mayor, Lola, que entró hace unas semanas como bailarina en un programa de la tele. Lola tiene veinte años y dejó el instituto donde estudiaba diseño de modas para dedicarse a la televisión. Siempre quiso ser artista, salir en los medios y tener un programa propio, pero como no tuvo los medios, no le quedó más que esperar una oportunidad. No consiguió el programa propio, pero ahora sale todos los sábados por la noche en un segmento humorístico usando lentejuelas llamativas, un hilo dental que deja ver su firme y voluptuoso trasero, sus pechos jóvenes se mueven apretados al son de sus caderas y de vez en cuando se deja acariciar por el cómico de turno, como parte de una parodia divertida, jocosa. Llegó la oportunidad la vez que conoció a un productor muy guapo y Casanova. El buen mozo le pidió su número de teléfono, el de casa, porque no tenía celular, y éste no dudó en llamarla al día siguiente para el sonado casting.

Lola llegó puntual y decidida a ser artista y salir en la tele. El lugar era un departamento en la avenida Colmena, en el centro de Lima, cerca a la plaza San Martin. Lola entró distraída, sin importarle que el ambiente no fuera de la pompa que se ve en televisión. El galán productor la esperaba con la puerta abierta, despidiendo a una linda chica que, seguramente, también iba por el casting. Lola entró y posó para unas fotos. El Casanova quedó encantando con la belleza y juventud de Lolita, quien muy linda dejaba que su hermosura colmara la habitación. El don Juan no dudó en invitarla a salir para celebrar el casting y su, casi seguro, ingreso a la tele. Lolita aceptó, encantada. Salieron a comer y a bailar a lugares a donde Lola no había entrado jamás. Estaba deslumbrada y emocionada con la nueva experiencia de la tele. Se sentía casi una estrella. Luego de unas copas y mucho baile, el productor la convenció de ir a un lugar más íntimo para conocerse mejor. Lolita sabía de qué se trataba, ya había tenido algunos novios y sabía lo que seguía. Así que salieron de la discoteca y tomaron un taxi rumbo al hotel Bolívar. Lolita jamás había pisado un hotel tan bonito, ninguno de sus novios tuvo ese detalle con ella. Entraron a la habitación y consumaron el contrato.

A la semana siguiente Lolita entró a un segmento del programa humorístico, conoció a los cómicos de la tele y quedó maravillada con las cámaras y su nueva vida de vedette. Llegaba muy puntual a las grabaciones, pero sin el productor, quien ya había cumplido su parte. La familia de Lolita, que era muy humilde, estaba orgullosa de tener a una hija en la televisión, en horario estelar. José, su hermanito menor, disfrutaba mucho viendo a su hermana, sonriente, bailando y coqueteando con la cámara, sentía felicidad al ver que Lolita había logrado su más grande sueño, aquel que abrigaba sus noches de invierno, ser famosa.

El director del programa humorístico, bastante mayor que el productor-Casanova, quedó impresionado con la belleza de Lolita y también quiso enamorarla. En realidad el director enamoraba a todas, a pesar de que podía ser el padre de cualquiera de ellas. Lo que en realidad quería era tener sexo con ellas y para eso les prometía mayor protagonismo en el programa. Valgan verdades, era un hombre de palabra, porque mujer que caía, vedette que salía un segmento más.

La paga por segmento era de cincuenta soles. El dinero escasea en casa así que no hay que hacerle asco a nada, pensaba Lola. Aceptó la propuesta del director y se encamó con él. Fue la peor experiencia de su vida, pero disfrutó los previos y consiguió salir más en el programa. A las pocas semanas, Lolita se convirtió en su bailarina favorita, y a pesar de ser nueva en ese mundo, la dejó hacer un piloto como presentadora. Lola iba escalando a pasos agigantados, su talento y belleza la llevaron a tener un segmento propio, donde presentaba a invitados internacionales y nacionales, cantantes, actores, grupos musicales, personajes de la política y demás. No tenía que decir gran cosa, su verbo era suficiente, lo importante era la poca ropa que llevaba puesta y esas piernotas que su director deseaba tanto.

En realidad el director enamoraba a todas, a pesar de que podía ser el padre de cualquiera de ellas. Lo que en realidad quería era tener sexo con ellas y para eso les prometía mayor protagonismo en el programa

José comenzaba a ver los cambios en la vida de su hermana mayor. Ya era famosa, la gente la reconocía en la calle y los chicos le pedían autógrafos, fotos y hasta su número de celular, un blackberry de última generación. A la casa llegaban autos costosos, sobretodo de futbolistas que escapaban de concentraciones para ir de parranda. La quinta donde vivía la familia de Lola se vestía de gala con la presencia de esos coches carísimos, que los chicos del barrio no dejaban de acariciar con la mirada. Lolita no llegaba a dormir y José se preocupaba mucho, sus escasos diez años no adivinaban la nueva vida de su hermanita consentida. Lola, cuando llegaba, lo hacía de madrugada, alcoholizada, riéndose a carcajadas, sin sentido, causando la sorpresa y la tristeza de José. Para que los padres de Lolita no preguntaran mucho, ella les hacia algunos regalos convenientes. Compró artefactos novedosos para su madre y un auto del año a su padre. La familia vivía momentos de felicidad ficticia, momentánea. Las apariciones de Lola en la tele eran más frecuentes, pero a José ya no le alegraba mucho. Las veces que iba al colegio, todos los chicos de grados superiores le mandaban mensajes cariñosos a su hermana, que rica está tu hermanita, preséntala pues… habla cuñadito. José lloraba en su habitación, todas las noches.

Lolita comenzó a consumir drogas la vez que viajó al extranjero para grabar una entrevista con un pelotero de la selección peruana de futbol. Los compañeros de equipo de este jugador prepararon una fiesta y la invitada de honor fue Lolita, quien pasó la noche más excitante de su vida, llena de drogas, sexo y alcohol. Lo irónico de todo esto es que nadie en este mundo se enamora, pensaba Lolita, en sus divagaciones y cavilaciones producto de tanta coca. Lolita regresó a Lima para seguir siendo famosa, y antes de cumplir el año en televisión, grabó una telenovela porno que salió en un conocido canal de cable. Al año siguiente sacó su calendario, con fotos sugerentes a todo color. Comenzó a animar discotecas y festivales de cervezas. Viajaba a provincia y al extranjero casi todos los meses. Su éxito era tal, que consiguió su programa propio al medio día y dejó para siempre a su productor-Casanova y a su anciano director. Ahora no necesitaba acostarse con nadie por trabajo, solo por placer. Tenía una vida agitada, olvidó a su familia, su barrio y toda la gente que la conoció en sus inicios. Se mudó sola a un departamento en una zona exclusiva de Lima y de vez en cuando mandaba dinero a sus padres, para que no les faltara nada. José fue creciendo con un resentimiento justificado hacia la televisión, porque le había robado a la persona más importante en su vida, su hermana mayor. La mujer que salía en la tele ya no era su hermanita, sino una impostora, una mujerzuela que se había apoderado del nombre ‘Lola’, la tierna y dulce compañera de travesuras.

Un accidente o el azar del destino dieron marcha atrás. A la salida de una de las tantas orgias romanas, completamente ebria, Lolita chocó su auto contra un muro de contención y producto de ese impasse falleció después de diez días sin salir del coma. Ni el productor-Casanova ni el director calentón fueron al velorio en la casa de la quinta, en La Victoria, donde los padres de Lolita dieron el último adiós a la hija que los llevó a la fama efímera de salir en la tele. Ningún coche lujoso pisó el lugar, como por arte de magia el barrio volvió a ser ese miserable espacio lleno de pobreza, al que la fama y la televisión solo van una vez.

RODOLFO RODAS ORE

Rodolfo Ulises Rodas Oré

jueves, 30 de diciembre de 2010

Por: Rodolfo Rodas Oré


‘Celebro el regreso esperado del Topo y quiero saludar afectuosamente a su director Fernando Eslava, quien en este nuevo comienzo me da la oportunidad de tener un espacio independiente para expresar mi opinión sobre la actualidad política nacional y mundial. El Topo es una tribuna necesaria y referente en la web por lo cual saludo este retorno, deseando que supere el éxito alcanzado anteriormente’.

Un abrazo cariñoso a todos los seguidores del Topo.
Rodolfo Rodas Oré
Escritor   



El premio nobel de literatura 2010 ha llegado a Lima hace algunas horas y como no podía ser de otra manera, la prensa le preparó una bienvenida tratando de rescatar sus primeras declaraciones. Veo a un Mario Vargas Llosa despeinado, cansado y hasta aburrido de repetir lo mismo ante cada micrófono, deshaciéndose en agradecimientos mentirosos al Perú, a gente que no lo lee, que siempre le ha dado la espalda a sus libros y que le reconoce únicamente la derrota del noventa, en su campaña presidencial frente a Fujimori. No sé si Mario merecía el premio nobel, quizá su obra literaria es la suma de buenas novelas que en definitiva no hacen una gran novela. Acabo de ver un video donde hacen un paralelo entre Gabo y Mario, y el presentador menciona que la batalla literaria la ganó este último, ya que teniendo setenta y cinco años sigue vigente con una obra general monumental. Para mi Mario no ha escrito la obra maestra que escribió Gabo, esa es la diferencia sustancial. Gabo escribió buenas novelas y un clásico, Cien años de Soledad. Mario escribió solo buenas novelas. Quizá suene un poco mezquino, por eso diré que Mario es un gran escritor, un genial contador de realidades maquilladas en la ficción, solapadas en una imaginación alborotada por una realidad cruda y miserable. No escribió Cien años de Soledad, pero tuvo la personalidad suficiente para hacerse un camino solitario en medio de monstruos literarios como Gabo y Cortázar, con quienes convivió en épocas brillantes de lucidez intelectual y política. Hoy Mario regresa al Perú a pasar fiestas de fin de año con su familia, cansado de un premio nobel desgastante, que lo ha tenido los últimos dos meses paseando por el mundo repitiendo los mismos discursos, el más celebrado, seguramente, el de Estocolmo, cuando hace un agradecimiento emocionado y sentimental a Patricia, su esposa y compañera de vida. Quizá haya sido lo mejor que escribió, esas líneas apasionadas y agradecidas sobre la mujer de su vida, el discurso que cualquier amante feliz quisiera regalarle a la dueña de su corazón, y qué mejor, que en el marco de un premio nobel.

Mario regresó al Perú y comete el error de zambullirse en temas ajenos a la literatura. Comienza a pasear su discurso por campos minados donde generalmente sale mal parado, porque sospecho que su contradicción ideológica lo ha traído de mal en peor, de tropiezo en tropiezo, tratando de emular un sistema ajeno a la realidad diversa del Perú. Mario quizá no conoce al Perú en toda su dimensión, haber estudiado en el Leoncio Prado no le da una visión real, sino solo una muestra, de lo que realmente es el Perú andino, campesino, criollo y selvático, una mezcla de costumbres y etnias que pareciera jamás entraran en convergencia, sino todo lo contrario, el destino y las mafias imperialistas se empecinan en alejar y sesgar. Mario, creer en una democracia mediocre no es hacer un bien sino hacer lo que se puede. Usted en sus años mozos respaldaba la revolución con gran fervor y sus compañeros intelectuales, mentes brillantes a los que seguramente admiraba, lo conminaban a pensar que el cambio estructural y extremista era la solución a todos los problemas sociales. Hoy vemos que no es así, la revolución de un sistema comunista ha fracasado y con ella los más insignes dictadores de la región. Usted en sus años mozos fue castrista, alentó desde su posición posturas radicales como la de Cuba, ya luego con los años se fue moderando, se fue cambiando de bando, se fue pasó de la U a la Alianza, algo que es respetable mas no confiable, porque nos da claras muestras que su posición es cómoda, subordinada, ajena a lo necesario para buscar ese cambio social soñado. Decir que es mejor tener una democracia mediocre a tener una dictadura es una postura muy simplista, es como el que dice no importa que robe pero que haga obras. Estas frases, la suya y la del peruano promedio, son muy parecidas, algo difícil de creer, teniendo en cuenta que usted es un intelectual y que podría tener las cosas un poquito más claras.

Sin embargo, saludo su aversión, tirria y repugnancia por la candidatura presidencial de Keiko Fujimori. Estoy completamente de acuerdo en que Keiko representa el SIDA en fase terminal y que no merecemos tal cosa. Keiko representa el retroceso, el atraso, la ignorancia y la pendejería en su mayor esplendor. Su padre, el ex presiente Alberto Fujimori, sumergió al Perú en una dictadura, en una burbuja donde todo se controlaba, donde la libertad y los derechos se subordinaron a los intereses de Fujimori y Montesinos, dos personajes siniestros que jamás debieron acercarse al poder. La década del noventa representa el atraso, la violencia, el autoritarismo y la dominación más vil y miserable, aprovechándose siempre de las mayorías, de las masas ignorantes, de la clase económica más pobre que en medio de su necesidad le ofrecía el poder infinito después de cada elección presidencial. Fujimori vendió al país en pedazos y nos sometió a un yugo que hasta hoy nos tiene atados a esas trasnacionales que viven de cada sol robado a nuestra gente. Cada vez que reneguemos de Telefónica, acordémonos de Fujimori. Combatió el terrorismo, es verdad, y lo venció, también es verdad, pero me pregunto si eso no era su trabajo, me pregunto si esa no es la función de un mandatario que voluntariamente sube al sacrificado y desagradecido puesto de presidente de la nación. Me pregunto, también, si robar y asesinar eran funciones que el pueblo le encomendó, me cuestiono, si vender el país y maniatar los medios de comunicación eran funciones legales de un presidente elegido democráticamente. Creo que la respuesta es no. Fujimori robó el plan de gobierno de Mario y venció el terrorismo, esos son sus dos aciertos, el resto fue un desastre colosal y una suma de delitos que hoy lo llevaron a estar donde está, en la cárcel. La hija de un mafioso cuyo único merito es ese, ser su hija, de ninguna manera puede llegar al poder, no concibo ese escenario, no creo que nuestra estupidez sea tan oceánica, me resisto a creer que el fujimorismo se burle de nosotros, nuevamente.

Olvidémonos por un instante de Alberto Fujimori y concentrémonos en Keiko. Quién es Keiko, pongamos sobre el tapete su nivel intelectual y su aporte personal a este país. Reconozco que baila bien y que tiene ideas publicitarias de vanguardia, llevando mítines danzarines junto a Carlos Raffo por las zonas del Perú más olvidadas, con la única intención de llegar a un escaño en el congreso. Le fue tan bien en su saltimbanqui discurso político que alcanzó el primer lugar, como la política más carismática y sonriente de la campaña. Ese fue su premio, por eso ahora es congresista, por eso ahora nos representa, pero no en una pista de baile que con justicia sería el lugar ideal donde sus ideas podrían moverse con soltura, sino en el lugar equivocado, en el congreso de la república, donde desgraciadamente se decide el destino de un país condenado a una clase política tan pobre como el pueblo y el sistema que la elige. Perú se ha convertido en un país con ideas mediocres, donde cualquier tipita o tipito pendejerete, con un poco de viveza, puede llegar al poder, convertirse en un dictador y subyugar a su pueblo en la miseria eterna. Aquí no hace falta tener laureles, ni títulos, ni logros académicos, ni ideas sólidas, ni pensamientos, ni conocimientos profundos sobre la realidad nacional, aquí solo hace falta saber bailar, mover el cuerpito o ser bonito, y listo, es suficiente currículo para ser presiente, congresista o alcalde.

En esto voy a muerte con Mario. Creo que en el noventa el Perú le jugó una malísima pasada a un compatriota con ideas confundidas, equivocadas muchas de ellas, pero con los meritos intelectuales suficientes para dirigir dignamente un país, poniendo su prestigio como carta de presentación ante su labor pública. Varguitas ya era un gran escritor en ese entonces y tenía prestigio, reconocimiento, no era un anodino aprendiz de nada que buscaba suerte como candidato, era un señor políticamente confundido pero capaz de poner su nivel intelectual al servicio de su nación. Hoy no comparto muchas de sus ideas políticas, no considero que sea el más grande escritor peruano, habría que leer a Arguedas, a Vallejo, y luego opinar, pero creo que estaremos en la misma dirección contra el atraso, contra ese SIDA terminal que significaría un gobierno de Keiko Fujimori. Saludo su regreso al Perú para la única tarea de evitar que Keiko sea presidente. Quizá para eso sirva el premio nobel al fin y al cabo.