miércoles, 12 de enero de 2011

El llanto del cocodrilo: La Lola (Por: Rodolfo Rodas)

Escribe: Rodolfo Rodas Oré

Mientras la noche entra a las ocho, José miraba a través de la pantalla a su hermana mayor, Lola, que entró hace unas semanas como bailarina en un programa de la tele. Lola tiene veinte años y dejó el instituto donde estudiaba diseño de modas para dedicarse a la televisión. Siempre quiso ser artista, salir en los medios y tener un programa propio, pero como no tuvo los medios, no le quedó más que esperar una oportunidad. No consiguió el programa propio, pero ahora sale todos los sábados por la noche en un segmento humorístico usando lentejuelas llamativas, un hilo dental que deja ver su firme y voluptuoso trasero, sus pechos jóvenes se mueven apretados al son de sus caderas y de vez en cuando se deja acariciar por el cómico de turno, como parte de una parodia divertida, jocosa. Llegó la oportunidad la vez que conoció a un productor muy guapo y Casanova. El buen mozo le pidió su número de teléfono, el de casa, porque no tenía celular, y éste no dudó en llamarla al día siguiente para el sonado casting.

Lola llegó puntual y decidida a ser artista y salir en la tele. El lugar era un departamento en la avenida Colmena, en el centro de Lima, cerca a la plaza San Martin. Lola entró distraída, sin importarle que el ambiente no fuera de la pompa que se ve en televisión. El galán productor la esperaba con la puerta abierta, despidiendo a una linda chica que, seguramente, también iba por el casting. Lola entró y posó para unas fotos. El Casanova quedó encantando con la belleza y juventud de Lolita, quien muy linda dejaba que su hermosura colmara la habitación. El don Juan no dudó en invitarla a salir para celebrar el casting y su, casi seguro, ingreso a la tele. Lolita aceptó, encantada. Salieron a comer y a bailar a lugares a donde Lola no había entrado jamás. Estaba deslumbrada y emocionada con la nueva experiencia de la tele. Se sentía casi una estrella. Luego de unas copas y mucho baile, el productor la convenció de ir a un lugar más íntimo para conocerse mejor. Lolita sabía de qué se trataba, ya había tenido algunos novios y sabía lo que seguía. Así que salieron de la discoteca y tomaron un taxi rumbo al hotel Bolívar. Lolita jamás había pisado un hotel tan bonito, ninguno de sus novios tuvo ese detalle con ella. Entraron a la habitación y consumaron el contrato.

A la semana siguiente Lolita entró a un segmento del programa humorístico, conoció a los cómicos de la tele y quedó maravillada con las cámaras y su nueva vida de vedette. Llegaba muy puntual a las grabaciones, pero sin el productor, quien ya había cumplido su parte. La familia de Lolita, que era muy humilde, estaba orgullosa de tener a una hija en la televisión, en horario estelar. José, su hermanito menor, disfrutaba mucho viendo a su hermana, sonriente, bailando y coqueteando con la cámara, sentía felicidad al ver que Lolita había logrado su más grande sueño, aquel que abrigaba sus noches de invierno, ser famosa.

El director del programa humorístico, bastante mayor que el productor-Casanova, quedó impresionado con la belleza de Lolita y también quiso enamorarla. En realidad el director enamoraba a todas, a pesar de que podía ser el padre de cualquiera de ellas. Lo que en realidad quería era tener sexo con ellas y para eso les prometía mayor protagonismo en el programa. Valgan verdades, era un hombre de palabra, porque mujer que caía, vedette que salía un segmento más.

La paga por segmento era de cincuenta soles. El dinero escasea en casa así que no hay que hacerle asco a nada, pensaba Lola. Aceptó la propuesta del director y se encamó con él. Fue la peor experiencia de su vida, pero disfrutó los previos y consiguió salir más en el programa. A las pocas semanas, Lolita se convirtió en su bailarina favorita, y a pesar de ser nueva en ese mundo, la dejó hacer un piloto como presentadora. Lola iba escalando a pasos agigantados, su talento y belleza la llevaron a tener un segmento propio, donde presentaba a invitados internacionales y nacionales, cantantes, actores, grupos musicales, personajes de la política y demás. No tenía que decir gran cosa, su verbo era suficiente, lo importante era la poca ropa que llevaba puesta y esas piernotas que su director deseaba tanto.

En realidad el director enamoraba a todas, a pesar de que podía ser el padre de cualquiera de ellas. Lo que en realidad quería era tener sexo con ellas y para eso les prometía mayor protagonismo en el programa

José comenzaba a ver los cambios en la vida de su hermana mayor. Ya era famosa, la gente la reconocía en la calle y los chicos le pedían autógrafos, fotos y hasta su número de celular, un blackberry de última generación. A la casa llegaban autos costosos, sobretodo de futbolistas que escapaban de concentraciones para ir de parranda. La quinta donde vivía la familia de Lola se vestía de gala con la presencia de esos coches carísimos, que los chicos del barrio no dejaban de acariciar con la mirada. Lolita no llegaba a dormir y José se preocupaba mucho, sus escasos diez años no adivinaban la nueva vida de su hermanita consentida. Lola, cuando llegaba, lo hacía de madrugada, alcoholizada, riéndose a carcajadas, sin sentido, causando la sorpresa y la tristeza de José. Para que los padres de Lolita no preguntaran mucho, ella les hacia algunos regalos convenientes. Compró artefactos novedosos para su madre y un auto del año a su padre. La familia vivía momentos de felicidad ficticia, momentánea. Las apariciones de Lola en la tele eran más frecuentes, pero a José ya no le alegraba mucho. Las veces que iba al colegio, todos los chicos de grados superiores le mandaban mensajes cariñosos a su hermana, que rica está tu hermanita, preséntala pues… habla cuñadito. José lloraba en su habitación, todas las noches.

Lolita comenzó a consumir drogas la vez que viajó al extranjero para grabar una entrevista con un pelotero de la selección peruana de futbol. Los compañeros de equipo de este jugador prepararon una fiesta y la invitada de honor fue Lolita, quien pasó la noche más excitante de su vida, llena de drogas, sexo y alcohol. Lo irónico de todo esto es que nadie en este mundo se enamora, pensaba Lolita, en sus divagaciones y cavilaciones producto de tanta coca. Lolita regresó a Lima para seguir siendo famosa, y antes de cumplir el año en televisión, grabó una telenovela porno que salió en un conocido canal de cable. Al año siguiente sacó su calendario, con fotos sugerentes a todo color. Comenzó a animar discotecas y festivales de cervezas. Viajaba a provincia y al extranjero casi todos los meses. Su éxito era tal, que consiguió su programa propio al medio día y dejó para siempre a su productor-Casanova y a su anciano director. Ahora no necesitaba acostarse con nadie por trabajo, solo por placer. Tenía una vida agitada, olvidó a su familia, su barrio y toda la gente que la conoció en sus inicios. Se mudó sola a un departamento en una zona exclusiva de Lima y de vez en cuando mandaba dinero a sus padres, para que no les faltara nada. José fue creciendo con un resentimiento justificado hacia la televisión, porque le había robado a la persona más importante en su vida, su hermana mayor. La mujer que salía en la tele ya no era su hermanita, sino una impostora, una mujerzuela que se había apoderado del nombre ‘Lola’, la tierna y dulce compañera de travesuras.

Un accidente o el azar del destino dieron marcha atrás. A la salida de una de las tantas orgias romanas, completamente ebria, Lolita chocó su auto contra un muro de contención y producto de ese impasse falleció después de diez días sin salir del coma. Ni el productor-Casanova ni el director calentón fueron al velorio en la casa de la quinta, en La Victoria, donde los padres de Lolita dieron el último adiós a la hija que los llevó a la fama efímera de salir en la tele. Ningún coche lujoso pisó el lugar, como por arte de magia el barrio volvió a ser ese miserable espacio lleno de pobreza, al que la fama y la televisión solo van una vez.

RODOLFO RODAS ORE

Rodolfo Ulises Rodas Oré

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